Arte, Cultura
Deja un comentario

De la tierra a la cancha: Suelares con pigmentos minerales en Olmué

Entrevista por Isabella Galaz

Fotógrafo: Tomás Armijo

¿Cómo acercar los colores del territorio a espacios de uso cotidiano? ¿Qué se necesita para transformar la tierra y hacer visible una diversidad cromática completamente inadvertida? Carla Valenzuela y Nahikari Begoña conforman el colectivo Color Tierra en el camino de dar cauce a cuestionamientos profundos sobre el habitar. Vivir en Olmué, más específicamente en la localidad rural de Quebrada de Alvarado, con el cerro La Campana de vecino y guardián, ha sido caldo de cultivo para sus reflexiones y búsquedas. Íntimamente vinculada a la tierra como recurso y materialidad, la zona destaca desde épocas antiguas no solo por la agricultura familiar campesina y la crianza de ganado, sino que también por el desarrollo de una tradición constructiva arraigada a la naturaleza, con el adobe como técnica central.

Este contexto les ha permitido a Carla -arquitecta- y Nahikari -artista multidisciplinar- profundizar en sus inquietudes sobre los colores minerales y la forma en que pueden aportar a conservar y fortalecer la identidad local de su territorio. Durante casi una década se han abocado a la investigación y a la experimentación con pigmentos de tierra, incursionando en las posibilidades que entregan tanto a nivel creativo y artístico como constructivo y del habitar, y con la mirada puesta en disminuir la dependencia a pinturas estandarizadas e industrializadas.

Dentro de sus exploraciones se encuentra la transformación de este elemento en materiales pictóricos, como tizas, crayones, acuarelas, pinturas pastel y al óleo. Asimismo, y en busca de llegar a espacios más amplios, juntas dieron vida a Color Origen, una línea de pinturas de tierra para muros de alta calidad, aptas para diferentes superficies, con un Pantone de color único y un sello de identidad propio, basado en pigmentos minerales locales recolectados de manera responsable y respetuosa con el entorno.

Como muralistas, estas pinturas son su distintivo característico. Han llevado los colores de tierra a las paredes de diferentes organizaciones e instituciones, como el Centro Cultural de Lampa, para el Encuentro de Redes en las Artes de la Visualidad y Muralismo; el Hospital Biprovincial Quillota-Petorca, con el programa Hospital Amigo, para el fortalecimiento de la salud intercultural; y el Centro Cultural de Tiltil, en el marco de Confluencia, la ruta de murales de la región Metropolitana, impulsada por la galería de arte urbano, Metro21.

Desde aquí, han sostenido su trabajo por ampliar el catastro de la diversidad cromática que brinda el territorio, buscando no solo hacerla visible, sino también habitable para los mismos vecinos y pobladores, plasmándola en diferentes lugares públicos. Así nace el proyecto que motiva esta entrevista, llamado Suelares con pinturas de tierra, que interviene las multicanchas de tres localidades de Olmué –Quebrada de Alvarado, Lo Narváez y Granizo–, con diseños elaborados participativamente con las juntas de vecinos de cada sector.

Con una paleta inicial formada por 20 tonalidades, estos vecinos y vecinas eligieron elementos de la naturaleza representativos de sus barrios para ser dibujados y pintados sobre sus canchas, espacios de encuentro y esparcimiento utilizados por distintas generaciones. A partir de estos pilares identitarios – el chagual, el pimiento y los cerros-, el colectivo tuvo el desafío de diseñar el paisaje definitivo que colorearía con pigmentos terrosos el pavimento.

Isabella Galaz: Es la primera vez que pintan suelares, ¿qué las impulsa a trabajar con este nuevo soporte?

Nahikari Begoña: Querer experimentar con la tierra y llevarla a distintas posibilidades. Se ocupaba de manera ancestral, por lo que nos preguntamos cómo podemos llevarla a una era contemporánea. ¿Qué necesidades existen hoy? Por eso nos gusta explorar desde la cerámica o los muros. En este caso, desde el piso, fue abrir otra dimensión, traer la tierra que está en las montañas al cemento, a una cancha, un espacio de encuentro de distintas generaciones. Nos motiva que los colores que habitan en los cerros puedan llegar a un lugar que se usa, porque cuando hacemos cosas de taller, como acuarelas, cerámica o un cuadro, queda un objeto de uso más personalizado, pero no tiene tanto impacto a nivel barrial. Queríamos explorar otros lenguajes, otros soportes, para acercar un poco de naturaleza de vuelta a los espacios de uso público. Pintar multicanchas significa salir de la bioconstrucción o del adobe clásico, y que cualquier persona pueda ver la tierra en el cotidiano.

I.G: ¿A qué desafíos las enfrentó el suelo?

Carla Valenzuela: Al tema de las escalas, la escala humana y la escala aérea, no estamos acostumbradas a eso. Esto nos ha permitido acercarnos de otra forma al soporte, ver qué pasa desde la escala humana en la cancha o visto desde arriba, desde una foto aérea o desde las gradas, como en la cancha de la Quebrada. Ver que el dibujo tiene distintas perspectivas y puede leerse de distintas maneras.

N.B: Pintar un piso es un gran desafío, porque una multicancha tiene harto uso. La pared del muro queda ahí, no tiene tránsito y se mantiene mucho más. Acá, en cambio, la gente viene a jugar pelota, básquet, vóley, viene a patinar, a correr, a pasear a los perros, hacer zumba. Cada cancha tiene su propia vida interactuando sobre el suelar y eso es un desafío mayor. Pero también es parte de un experimento, no es que podamos asegurar que va a durar diez años. Aunque, por el tipo de pruebas que ya habíamos hecho antes, yo creo que su durabilidad va a ser similar a una pintura convencional de cancha, unos seis años.

I.G: En su elaboración, ¿qué diferencia a una pintura para muro de una para suelo?

C.V: Principalmente, nos centramos en que tuviera una durabilidad parecida a las canchas de alto tráfico. Hicimos pruebas con bases de alto tráfico y les añadimos nuestros pigmentos, para asegurar una mayor durabilidad.

N.B: Hicimos una investigación previa de varios meses, probando distintas marcas y proporciones, hasta que optamos por 50% de pigmento de tierra al agua con el 50% del aglutinante, que sería la base de alto tráfico al agua, a un puro componente. En ese proceso tuvimos una asesoría técnica con Isidora León, debido a su experiencia con el proyecto «De cancha en cancha», de Metro21, y el tipo de pinturas que ocuparon. Queríamos saber qué les ha funcionado más, qué menos, y así tener esos parámetros con el uso de pinturas convencionales de suelo. Ella nos recomendó usar una base al agua, a un puro componente, en la búsqueda de que fuera lo más sustentable posible.

I.G: En lo que respecta a la preparación de sus pinturas de tierra, ¿hicieron algún hallazgo durante este proyecto?

N.B: Todas las pinturas de tierra que elaboramos, ya sea material de bellas artes, para muro o suelo, tienen el mismo proceso: investigar el territorio, reconocer y recolectar las tierras, fijar puntos, porque tenemos que saber dónde ir a buscar los terrones si se nos acaban, y añadirlos a nuestro catastro y clasificación de colores, y luego viene el procesado. En la siguiente etapa, el tamizado, comienza la diferencia, porque dependiendo del tipo de pintura y para qué es, cambia el tamiz. En este caso, usamos el tamiz de la malla 80, porque permite que pase cierta cantidad de limo, y por las investigaciones que hemos hecho, el limo es lo que le da mayor adherencia a la pintura expuesta al clima.

C.V: Para este proyecto recolectamos 20 colores de la comuna de Olmué y para cada cancha elegimos alrededor de 10 colores, porque con eso se puede lograr una buena combinación. Recolectamos en la Quebrada, Lo Castro, el Maqui, Pelumpén, Granizo, las Palmas. Y si bien, después de todos estos años, ya conocemos los lugares donde hay ciertos colores, siempre que salimos a recolectar se desvelan nuevas tierras y nuevas tonalidades.

N.B: Sí, en esta ocasión apareció un color nuevo muy preciado para nosotras, un plomo azulado que utilizamos en las tres canchas y que recolectamos en la cuesta La Dormida. Las personas, a veces por desconocimiento, no aprecian tanto esas tonalidades, acostumbrados a una amplia oferta cromática en las tiendas, pero para nosotras un color de tierra con ciertos matices azulados es un verdadero tesoro. Esos colores se recolectan en pequeñas cantidades, ya que las vetas son escasas. Pese a todos los años que llevamos recolectando tierras, nos seguimos sorprendiendo con la paleta cromática que aparece en los lugares más inesperados. Aquí, en Olmué, aunque no lo crean, hay un valle del arcoíris.

I.G: ¿Cómo fue el proceso de hacer el diseño con los vecinos y vecinas de cada cancha?

N.B: En la primera actividad de participación, les mostramos a los vecinos todos los colores transformados en pintura que nacen de los 20 terrones. Siempre se sorprenden, porque no saben que hay tantos colores o que se pueden hacer pinturas a partir de tierra. Al hablar del diseño, les explicamos que tiene que ser algo simple para que no se pierdan las líneas de juego, algo importante y que les preocupa mucho a los habitantes, porque la idea es poder seguir jugando bien al fútbol, al básquet. Conversamos sobre el elemento de la biodiversidad que les representa y se abre un diálogo interesante porque empiezan a recordar historias.

C.V: En la cancha de la Quebrada, entre todos y al unísono, salió el chagual, un elemento muy presente en el paisaje. En la Carlos Condell (Lo Narváez) salió el pimiento, porque hay un árbol enorme que, cuentan, está ahí desde antes que construyeran la cancha. Y en Granizo, como ya estamos en el sector de La Campana, se identificaron con los cerros, las montañas.

N.B: En la mesa ponemos los colores y una hoja con el dibujo de una cancha, donde ellos pintan lo que quieren plasmar, y van apareciendo distintos elementos y combinaciones de tonalidades. Después, recogemos esos dibujos y juntas aterrizamos las ideas y elaboramos dos propuestas de diseño por cada cancha, con su paleta de color. Con la ayuda de las juntas de vecinos, se les envían ambas opciones a todos los habitantes, no solo a quienes participaron de la mediación, y ellos votan por su preferida. Más o menos al tercer día de iniciado el trabajo en la cancha, les invitamos a pintar en una jornada para niños y adultos.

I.G: ¿Qué aportan las pinturas de tierra al saber y a la práctica constructiva? ¿Cómo ven ese diálogo?

N.B: Un beneficio de usar pinturas de tierra es que no se decoloran con el sol, tienen mayor estabilidad; las sintéticas, en cambio, van perdiendo su pigmentación. En el sur y en otros lugares del mundo, la tierra se usa para proteger las fachadas de madera del clima, pero esa parte del conocimiento se ha ido perdiendo. Por otra parte, siento que llevar la tierra sobre el cemento abre nuevas posibilidades, porque generalmente la gente lo asocia a algo hippie, reducido a un sector como la bioconstrucción, u obsoleto, que ya no se usa o no sirve, y por eso no tiene llegada a un público más amplio. Aplicar los colores de tierra en el hormigón, el ladrillo, la madera, permite acercar la naturaleza a otros lugares y formas de construir, donde normalmente se usa lo sintético. Entonces, abre esa puerta para que las personas se cuestionen las maneras de construir y de habitar, y que vuelvan a mirar lo natural, los recursos locales, desde una visión de sustentabilidad y de conexión con el territorio. 

Deja un comentario