Estoy en el recital de la banda chilena Teodioteodio, quien presenta su primer disco en Sala Metrónomo: Echaremos el cielo abajo a patadas, un título inspirado en un poema de Rodrigo Lira y que se vuelve certero para todo lo que estamos a punto de vivir.
El inicio de la jornada estuvo a cargo de la banda Cicuta, para luego comenzar el show principal de Teodioteodio con la canción «Lejos de México». Entonces, todo se mueve en intensidad y cadencia, con los coros y alaridos de Diego Álvarez y los textos leídos y gritados con la garganta afilada de Felipe Barahona. Y cantamos a todo pulmón: «¡¡Si alguna vez / si alguna vez / tal vez / tal vez!!».
El desplante de la banda es potente, con una propuesta clara y consciente de poesía y rock visceral, invitándonos a una catarsis de emociones, como si estuvieran llamados a comunicar el mensaje de sus canciones de manera urgente, con citas y reversiones literarias constantes, como aquel de Roberto Bolaño que recita Barahona: «Duerme abismo mío, los reflejos dirán / Que el descompromiso es total. / Pero tú hasta en sueños sabrás / Que todos estamos comprometidos. / Que todos merecemos salvarnos».
Al terminar la canción y dejarnos a todos agitados, escucho gritar y saltar a parte del público, diciendo: «¡¡Te amo, te amo!!».
Luego, en la canción «Amar», aparece de pronto la cita de Los Prisioneros que da título a esta columna y el coro de Álvarez se hace cómplice con el público que repite este verso como un mantra. Al rato, nos llega una pregunta que nos increpa: «¿Por qué no me dices que me amas?» se declama ferozmente y me quedo pensando en la relación entre el amor y el odio. Te amo y te odio, como ese libro de Armando Uribe.
Y estuvo genial. La banda Teodioteodio es parte de lo que se llama la Nueva escena chilena, junto a Candelabro, Hesse Kassel, Asia Menor y una veintena de bandas de Santiago y regiones, que suelen llenar diversos recintos en los últimos meses con sus tocatas llena de catarsis y adrenalina. Entonces, estar en uno de estos recitales, es sentir que eres parte, también, de un momento musical que queda anclado en la historia, sea como sea el futuro que nos depara.
Y es que esta combinación intensa de grito y entonación ensoñadora es lo que hace también particular a la banda. Pienso en los momentos de caos y rabia, como si fueran la parte del odio, con frustración y descontento. Y cuando aparecen los coros cósmicos y atmosféricos, es como si fuera el momento del amor, que puede ser, por cierto, el amor propio, el cuidarse, el tirar para arriba y mirar el horizonte. Quién sabe. Solo fui moldeando esta sensación a medida que transcurría el recital, con canciones como «Pantera», «Catástrofe» y «Multitudes».
Sin duda, una parte importante también de este show fue el aporte visual en las proyecciones tras el escenario, lo que transformaba todo en una experiencia hipnótica, junto a los integrantes de la banda que saltaban con sus poleras con menciones al enigmático poeta Lautaro Edwards, citado por ellos en varias entrevistas.
También hizo su aparición un pino de plástico de gran tamaño, que en un momento colgaba desde el techo hacia el escenario. Este pino, que asimilaba a los pinos aromáticos que se cuelgan en el espejo retrovisor de los automóviles, es uno de los símbolos de la banda y aparece representada en la portada del disco.
Echaremos el cielo abajo a patadas. Uno de los álbumes más destacados y categóricos de este 2026, junto a un gran show de presentación que nos recuerda que la emoción, la poesía, la fuerza y el caos, son parte de un sentir real que nos transmuta y nos impulsa siempre para seguir adelante.
Raúl Hernández
Bibliotecario, editor y escritor.

