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Ropa para andar en la casa [Relatos en Cuarentena]

Yo debería estar preocupado de cuestiones realmente fundamentales, cruciales para el futuro de la humanidad. Debería tener reflexiones en torno a la pandemia y en qué va a pasar con todos nosotros. Pero en lugar de eso, me invaden pensamientos insignificantes que a veces me avergüenzan; es como si a medida que avanza el confinamiento me preocupo de asuntos cada vez más pequeños.

Por supuesto que me inquieta la emergencia sanitaria, a veces hasta me asusta; no puedo ser tan penca considerando que han muerto más de doscientas personas, y miles deben pasar la cuarentena en condiciones precarias, durmiendo en las calles incluso. Es con el encierro con el que no tengo (tantos) problemas. Debe ser porque estoy acostumbrado al confinamiento, luego de tres años freelanceando y escribiendo desde casa, la implementación del teletrabajo no se siente como algo novedoso. La pega a distancia es mi normalidad. Por eso, la gravedad de la pandemia la he palpado a través de situaciones nimias. Por ejemplo, me he fijado que con el paso de los días aumenta la cantidad de prendas de vestir que destino para usar en la casa; ropa que antes la reservaba para el exterior y que, obviamente, ya no puede cumplir con ese rol.

Tenía un polar que me gustaba harto, calentito, el cual he tenido que cederle a mi compañera para que se abrigue en las mañanas. Cada día que pasa veo cómo se deteriora, se llena de pelos de perro y ya anticipo la inminente aparición de hoyos en su superficie. Está bien, me lo pidió prestado y no pude negarme, más que mal ella me lo compró para el último invierno en una tienda en el centro de Rancagua. Así, súbitamente el polar pasó a formar parte de la ropa que se usa para andar en la casa.

Son varias las prendas que próximamente van a engrosar las filas de aquel vil ejército, porque vivir en el campo es eso: un desgaste constante de la ropa debido al contacto con la tierra y los demás elementos. El campo chileno es ropa gastada y hecha tira. Por eso yo veo pasar a mis vecinos y pareciera que toda esta situación no les afecta tanto, me pregunto cómo se darán cuenta ellos de la gravedad de la pandemia, si lucen así de tranquilos y despreocupados. No los critico, el aislamiento lo han adoptado como forma de vida por años, y no porque alguna autoridad así lo haya dispuesto. Entonces, si bien están asustados con la emergencia, de todas formas han podido realizar su vida de manera más o menos normal. A veces se les pasa la mano, eso sí, como el taller de cueca que realizaban en la cancha de al lado hasta hace poco, con niños incluidos. Menos mal que pararon, no quería tener que ir a hablar con ellos y ser visto como el anti cuecas; en el campo nadie quiere ser el anti cuecas.

Esta despreocupación de mis vecinos debe responder a un aspecto geográfico, probablemente a medida que la gente se acerca a la cordillera, el miedo disminuye, como si históricamente se sintieran protegidos por la imponente presencia del macizo montañoso, como cuando uno es chico y por miedo busca resguardo en una persona mayor.

En ese tipo de cosas pienso por estos días. Ya dejé de ver tele, por lo tanto, la imaginación fluye; desconecté la antena del DirecTV, así que hace varios días que no miro qué están dando en los canales. Ahora aprovecho de ver series, películas y documentales, tal como recomendó Karol Dance. También debuté en Instagram, al principio veía lo que hacían los jugadores de mi equipo favorito y me empecé a preocupar por el estado en el que volverían luego de la pandemia, así que dejé de seguirlos. En ese tipo de cosas me desgasto hoy en día, pero no en pensamientos trascendentales, creo que ya lo comenté. Quizás vuelva a seguir a los jugadores una vez que regresen a los entrenamientos, o quizás no vuelvan nunca; quizás esto nunca pase. Hay una teoría que dice que la especie humana saldrá fortalecida luego de la crisis sanitaria, como si la cuarentena súbitamente nos fuera a convertir en buenas personas. Yo no me siento buena persona, al contrario, hasta un poco materialista me he vuelto. Me gustaría tener una consola de videojuegos y un mejor dispositivo para leer libros electrónicos. En una de esas salimos más fortalecidos, no lo sé, o quizás en el encierro nos vayamos deteriorando de a poco, desgastando cada día que pasa, igual como la ropa raída que destinamos para usar en la casa.

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