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Atrapado en Chile (II): La sobrevalorada productividad de nuestras vidas

“Ya, si igual rico unos días para descansar y estar en la casa”… De seguro era la frase que muchos pensamos al comienzo de la pandemia. Eran los tiempos en que creíamos que a más tardar en junio retomaríamos a la normalidad (qué lejanos se sienten ahora). Pero cuando nos dimos cuenta de que no iba a ser tan sencillo o, en mi caso, de que tendría que quedarme en Chile mucho más de lo que hubiera deseado, la cosa dejó de ser tan divertida.

De pronto apareció la Policía de la Productividad: esos amiguitos indeseables diciéndonos que si no creábamos un emprendimiento que nos hiciera ricos o escribíamos una novela de 600 páginas durante la cuarentena, el problema no era la falta de tiempo, sino nosotros. Me sentí el peor, porque mi productividad se reducía a devorar el catálogo de Netflix, hornear queques con exceso de azúcar, cortarme el pelo frente al espejo y averiguar en internet qué personaje de Sex and the City soy según mi signo. Y sí, soy Samantha.

La presencia del fantasma de la productividad diciéndome “qué hacer – quién ser” me rondó desde siempre. Recordé a la orientadora del colegio repitiéndonos lo importante que era prepararse para la PSU y entrar a la universidad, como si un título fuese un pase VIP a la felicidad y al éxito. A esa edad ni siquiera tenía claridad sobre cuáles eran mis habilidades y ya tenía encima el peso de dar una prueba de selección universitaria que definiría mi futuro para siempre.

La presión de “ser alguien”

Pensé que Cine o Literatura podían ser lo mío, pero el mundo me decía que no, que moriría de hambre, que sería un don nadie, que la-plata-la-plata-dónde-está-la-plata. Supongo que así fue como terminé adquiriendo una deuda con el negocio más grande de Chile y por una carrera que no me apasionaba del todo. Periodismo fue mi respuesta ante la presión de convertirme en “alguien”, que en chilenísimo se traduce muchas veces en ser capaz de generar dinero, comprarse un auto y una casa y escaparse a Brasil de vez en cuando.

A esa edad trabajaba de manera esporádica y luego, con la práctica y el ejercicio de mi profesión, no dejé de hacerlo hasta este año. Sin darme cuenta, todo se redujo a producir y producir para pagar las cuentas, arriendo y el crédito universitario y, si es que quedaba un resto, comer afuera o comprarme algo que me gustara. No entendía el propósito de trabajar tanto si ni siquiera tenía tiempo o dinero para mí mismo.

¿No fue acaso suficiente estrés el haber nacido y crecido en la cuna del neoliberalismo como para además tener que preocuparme de sobreproducir mientras el mundo se cae a pedazos durante una pandemia global? Denme un respiro, porfa.

“Hygge”: la receta danesa de la felicidad

Hygge es una palabra danesa que se relaciona con las cosas simples de la vida, con lo acogedor y lo hogareño, con el bienestar propio. El año en que viví en Dinamarca descubrí que los daneses lo entienden como un estilo de vida más que como un concepto. Lo integran en su día a día, por ejemplo, con un café frente a la chimenea o leyendo un buen libro cubiertos hasta el cuello con una manta. Se dan pausas para disfrutar de lo cotidiano o para aprender cosas nuevas que les ayuden a nutrir la mente y la paz interior. Algo que no existe en nuestra cultura. El sistema no da tregua y nos obliga a trabajar hasta que el cuerpo y la mente enferman.

Los dos primeros meses de encierro los pasé sintiéndome culpable por no hacer algo productivo con mi tiempo libre. Por primera vez podía desconectarme de la realidad y devorar seis temporadas de una serie en una semana o dormir hasta el mediodía, pero me costaba sentirme tranquilo en el nuevo espacio cotidiano. En ese momento comprendí que no podía culparme, que debía aprender a ser autocompasivo. En tiempos difíciles, necesitamos conectar con nuestra naturaleza interior, obedecer nuestras propias reglas y dejar de presionarnos.

Cuando al fin me relajé y pude centrarme en el presente, lo demás fluyó de manera natural. Aprendí a tocar guitarra con tutoriales de Youtube; experimenté haciendo mis propios videos en Stop Motion; hice máscaras de alambre y atrapasueños; medité y me adentré en la cocina vegana. Supongo que había mucha más motivación en mí de la que imaginaba. Quizás estaba escondida desde antes, esperando a que le quitara toda la presión que la comprimía. Necesitaba vivir en hygge.

Tiempo de una pausa

Parece ser que las nuevas generaciones -digamos, los centennials- abrazan una filosofía de vida similar a la danesa. Salen del colegio con una idea diferente y más flexible sobre lo que es la felicidad y el “SER ALGUIEN”. También eres alguien cuando te vas a viajar por el mundo y trabajas sólo para financiar la aventura, o cuando decides dedicarte a un oficio. Pero para muchos de nosotros, los de la “Revolución Pingüina”, fue difícil darnos cuenta de que una carrera profesional no lo es todo en la vida, en gran parte por haber sido educados bajo la premisa de que debíamos ser exitosos y productivos.

El encierro, el teletrabajo, la convivencia con la familia, el país en crisis y un virus contagioso que no tiene cura; si lo pensamos bien, merecemos una medalla por sobrevivir al 2020. Un período de hygge, de hacer lo que se nos plazca y disfrutar de nuestros ratos libres, es lo mínimo que podemos regalarnos. Además, es normal sentirnos desmotivados, y si no hay ganas de producir, no es el fin del mundo. Al fin y al cabo, nos hemos pasado la vida produciendo como si ese fuera el sentido final de la existencia. Este es el momento ideal para tomarnos una pausa y disfrutar de una buena película con una cerveza y palomitas de maíz. Ya vendrán más años para convertirnos en genios o grandes emprendedores o en esas cosas que el sistema quiere que seamos… O para seguir luchando contra él.

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