Cultura, Libros
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Una biblioteca en el metro

Hace unos días vi la noticia de que el proyecto Bibliometro cumplía 30 años. Todavía recuerdo cuando me hice socio. Yo estudiaba en 4° medio en San Miguel y vi que abrieron en algunas estaciones del metro unos kioscos con libros en préstamo (así los veía yo). Si bien no me consideraba un gran lector, me interesaban los libros, las revistas y saber cosas distintas, nuevas y creativas. Entonces me hice socio del Bibliometro que estaba en la estación Ciudad del Niño y comencé a pedir libros. 

Una de las primeras lecturas que pedí en préstamo fueron los libros de Charles Bukowski, esos publicados por la editorial Anagrama. De seguro supe de él por el programa de televisión El Show de los libros de Antonio Skarmeta, pues siempre lo veía y solía anotar las lecturas que sugerían y mostraban en ese programa. Me leí todos los libros que tenían de este autor. Y siempre imaginé a Chinaski, el ater ego de Bukowski, hablando con ese acento español de la traducción, diciendo: “joder, tío, hostia”. No me cuestionaba el hecho de que este escritor fuera norteamericano y pudiera hablar de esa forma. No, simplemente Bukowski hablaba así, diciendo cojonudo y gilipollas.

Luego, más adelante, cuando ya había salido del liceo, seguí formándome como lector y leí en poesía: La extracción de la piedra de locura de Alejandra Pizarnik, esa edición negra de la editorial Visor. Recuerdo que cuando la vi en la vitrina del Bibliometro me electricé de inmediato. Yo la había leído en un taller de poesía que tomé en Balmaceda 1215 y me había encantado: “alejandra alejandra / debajo estoy yo / alejandra”. 

Le pedí este libro a la persona que atendía. Creo que en ese lugar por primera vez pensé en una idea que nunca había imaginado: “yo podría trabajar así, prestando libros”. Antes, en la adolescencia, me ilusionaba trabajar en un Blockbuster. Y esto era algo parecido: “no prestaré películas, pero puedo prestar libros, que me gustan tanto como las películas”. 

Cuando ya iba a pedir este poemario, el chico que atendía me pidió mi carnet de identidad. Él revisó en su computador mis datos y dijo: “ahh, pero tu inscripción de socio está vencida”. Había que pagar un monto de dinero para renovar la inscripción, monto que era poco, pero que yo no tenía en ese momento. Entonces le dije: “ah, pucha, no tengo plata ahora, no voy a llevar el libro esta vez”. Lo dejé en el mesón y el chico miró la portada negra del libro de la poeta argentina y dijo: “Pizarnik”, moviendo un poco la cabeza. Luego me miró brevemente, volvió a su computador, hizo un par de tecleos, y me dijo: “ya, estás renovado como socio, puedes llevar el libro”. Yo creo que abrí los ojos de emoción, esperando llevar el libro conmigo, para luego ir saliendo del vagón del metro empuñando la mano derecha y diciendo: “¡Bien!”. 

Con el tiempo seguiría leyendo, pidiendo y descubriendo libros. Esos que uno andaba trayendo en la mochila para devolverlos atrasados. Y solía pedirlos en el Bibliometro Cal y Canto, Baquedano, Los Héroes y Bellavista La Florida. Me hice fanático de Paul Auster, leyendo El palacio de la luna, Trilogía de Nueva York y Leviatan. Y también de Jorge Teillier, leyendo su antología Los dominios perdidos del Fondo de Cultura Económica. 

Y pienso ahora, ante la amenaza de recortes presupuestarios para las bibliotecas, que la posibilidad de encontrarse y reencontrarse con un libro en el metro es algo permanente, una sorpresa valiosa y necesaria, un ímpetu de siempre y de cada día. Una biblioteca en el metro es algo duradero en su importancia y posibilidad y se hace imprescindible sobre todo en estos tiempos de vértigo y dispersión. Pareciera ser una invitación clara a detenerse y leer, cuando sales del carro junto a la gente que sale rauda hacia las escaleras. 

Las bibliotecas no son un gasto, son una inversión. Y por supuesto, no soy economista, pero si soy un ser humano que se ha forjado como lector en los encuentros casuales con los libros del Bibliometro y he podido emocionarme con grandes descubrimientos, al igual que Bukowski cuando descubrió el libro Pregúntale al polvo de John Fante en su biblioteca pública. 

Raúl Hernández

Bibliotecario, editor y escritor. 

elespiritucotidiano.substack.com 

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