Cultura
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Crónica de un funeral: La joya que cayó en el campo

Por Francisco Vargas Huaiquimilla

A Nahuelpan, Rupailaf y Huenchumil
nombres que me habitan.

Le dejé durmiendo en un sueño desesperado, mientras viajamos junto a mi amiga-hermana. Íbamos ambos a despedir a Catrillanca, el joven rociado de los colores de la patria que asesina. Corrimos para llegar antes del atardecer y en el Eluwun acompañar en un último canto su espíritu. Cruzar todo este territorio para encontrarse junto a los pasos de la muerte no parece tarea fácil. Debíamos ir como dos potrancas alocadas, siguiendo la ruta. Corrimos por Temuco buscando buses a Ercilla. Mientras mi amiga corre, sus preciosas joyas plateadas suenan y crean un ritmo. Agitada la voz, en medio del clima engañoso nos abraza la ciudad. Mientras corre, cerca de la feria un hombre le grita ¡Lamngen! Ella mira hacia atrás, ríe y seguimos. Estamos en un territorio donde los cuerpos mapuche son reconocidos en todos sus ámbitos: vistos como un peligro y como una bella aparición para los nuestros. La ciudad se construye en la cabeza de la bala. De a poco las joyas de la amiga, su vestimenta, llaman a más gente. Nos hemos reunido por puro destino cuatro mapuche en un bus.

Al llegar nos han dado comidas, mate, palabras y cariño. Las banderas han plagado el campo donde Catrillanca vivió, entre los perfumes del barro, los crujidos de las piedras, el olor a eucaliptus y arbustos que arden como los dolores y el color que llevo dentro. El Eluwun se prendió en una tarde de clima confuso, las pieles enrojecidas por el sol que a ratos guardaba clemencia con un par de nubes y unas que otras gotas. Ese día 17 de noviembre todos los nombres de una nación acalorada se elevaron en coro por la joven joya perdida en un campo, un espacio de una guerra donde un Estado ha recubierto de nuestros cuerpos lo verde de las pampas. Ahí en los campos de la bala sin amor se vio el cuerpo rodeado de flores, las voces y los niños que jugaban junto a los discursos de lonkos y autoridades.

Tantos nombres han pasado por los brazos de la muerte en los territorios del sur Lemún, Catrileo, Collío, Melinao, Quintriqueo, Collihuin, Catrillanca. Nunca faltan nombres, sobran éstos para ocupar el campo lleno de llantos, calibres y disparos. Sabemos que volverán por más, pero saltaremos alambres con palabras como balas y de oro y plata vestiremos sus violencias. Se abren como las aguas los miles de cuerpos cerca del féretro, salen las mujeres y hombres cargando flores entre los sonidos de kull kull, cascahuillas, kultrunes, xuxucas. Voces y gargantas adoloridas de días y siglos en una batalla que no parece terminar. Se abren como un río que se corta por el otro extremo, los hombres abren paso junto al cuerpo contenido en la caja de madera y estamos frente a él y me repito en un miedo que origina mi pecho para vaciar el ahogo. Cruza fugaz con los demás para seguir el camino en una carroza fúnebre. Se despliegan en lentas maneras. Somos un mar, entre leves bailes que a ratos son frenéticos, siento las fiebres de todos, los gritos, las joyas de plata que chocan unas contra otras haciendo la música y esas vibraciones me cruzan por completo. Pienso en ti, en la falta de señal telefónica, en tus preocupaciones. Que no nos ataquen ese día, que no quieres perdernos.

Un tropel de caballos poderosos surca abriendo paso a los vientos, son hombres con rostros cubiertos, son ojos que observan un porvenir. Pienso en ti y me pregunto mientras caminamos en un imparable tránsito lleno de música antigua. ¿Sabes que se siente perderse en el canto de una machi? ¿Qué se siente que te atraviese el temblor del dolor y los instrumentos de una canción ancestral? No es necesario que lo sepas hoy, quizás mañana. Se nace con esta herida, con este dolor y este fuego, pero te quiero contar que hay días, que en un beso te puedo mostrar como vibra este corazón que arde entre el humo de la historia.

Hemos recorrido cada paso de Catrillanca, toda su juventud, sus huellas son las nuestras, entre el barro nos damos la mano con mi amiga, me dice que es la segunda vez que compartimos algo importante de ésta índole. Me lleno de lágrimas, porque se nombraron ahí sus océanos y mis fuegos, donde los cuerpos hermanos habitan la geografía de nuestra sangre, la historia de nuestro pueblo, donde ella me ha enseñado tanto. Pienso en mis otros e intento llevarlos conmigo, que están tan lejos allá en las ciudades. Seguimos el camino y observamos su tractor, animita decorada a coros de los presentes, sobre las espaldas cargamos su nombre de nuevo, bailamos en la cicatriz que tiene todas las señales de la tierra que habitó y habitamos. Se ha cubierto de flores hasta desaparecer en afectos. En este caminar a ratos no puedo contenerme; es volver a mi infancia, a los campos, eucaliptus, pinos, barros. De pronto observo que algunos hombres cortan pequeñas hierbas, poleo en este caso, una especie de menta de salvaje olor, tal cual mi abuelo solía hacerlo en el campo que vivimos en mi niñez. En esos olores todos vestimos de canto, ül de Catrillanca, afafafán entre las nubes de un sábado marcado por las huellas de caballos en furia cruzando el tiempo. Cada uno lleva algo de la joya trizada en un campo lejano del poder que desea este territorio.

Bajo un reducido bosque de altos pinos, cercado por hombres montados en sudados equinos, decíamos adiós a Camilo Catrillanca. Un cementerio pequeño y húmedo albergó a los miles de nombres del Wallmapu. Frente a todos ellos escuché como pronunciaban las últimas palabras en la lengua que he perdido. En el purrún con nuestros pies se escribieron todos nuestros linajes por todo el camino junto al cuerpo de Catrillanca. No dejé nunca de pensar en ti y al regresar por esos kilómetros caminados, en aquel día en que los hombres cortaban la hierba para sentir su fragancia, mientras un caballo a lo lejos corría embravecido llevando las estirpes que han caído bajo la bala que nunca ha tocado la boca, ni la garganta con la que mi pueblo canta.

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