Lifestyle
Comment 1

Hablar con gente [Relatos en cuarentena]

Ahora hablo más por teléfono. Prefiero llamar a una persona en lugar de escribirle por Whatsapp, Messenger o Instagram y tener que esperar una eventual respuesta. Qué lata. Probablemente estoy más ansioso que antes, echémosle la culpa al encierro. Mandar un mensaje por alguna de las aplicaciones de mensajería es tan común que ya casi no queda nada relevante que decir. Hablar por teléfono, en cambio, te obliga a tener algo trascendente para comentar, de lo contrario, no se justifica mucho la llamada.

Pero no es llegar y hablar por teléfono. Primero hay que lidiar con la respuesta inicial de la otra persona, la que siempre está cargada de sorpresa y va acompañada de un “¿qué pasó?”, porque comúnmente el llamado por teléfono está asociado a la desgracia, a la tragedia, al “pasó algo”. Luego hay que lidiar con la decepción de la misma persona una vez que le explicas que sólo llamabas porque querías saber cómo estaba. Ahora sí puedes hablar.

Yo hablo por teléfono y harto, casi todas mis conversaciones superan la hora de duración. Tengo minutos ilimitados, también internet, no lo digo de agrandado, no tengo cómo, de hecho este generoso recurso no se debe a ningún plan de telefonía con el que me haya amarrado, nada que ver; lo que pasa es que al vivir en el campo, y ante la imposibilidad técnica de acceder a un plan de wifi, tuve que optar por un prepago que por 5.290 pesos a la semana me ofrece un servicio ilimitado de internet y voz. Entonces yo hablo, por último para sacarle provecho a esas cinco lucas. Y no es malo lo que ofrecen, de hecho con el internet alcanzo a mirar Netflix y descargar series y películas de algunos sitios a los cuales no todos los cristianos se atreverían a entrar, también lo comparto, así que se transformó en el wifi de la casa. El único tema es que a la semana se termina y hay que volver a recargarlo, pero sólo es eso. He hablado con compañeros de colegio, de la universidad, amigos del barrio, familiares y he aprovechado de hacer entrevistas. La cuarentena es una buena instancia para ponerse en contacto con quienes hemos dejado atrás, porque tenemos como excusa el querer saber cómo se encuentra la otra persona, cómo está sobrellevando todo esto. Así lo pregunto yo: ¿cómo estás sobrellevando todo esto? Es un típico recurso de periodista, lo sé, pero sirve para romper ese incómodo nivel inicial del “¿pasó algo?”.

También hablo harto de forma presencial, “a la antigua” con mi compañera. Durante las primeras semanas hacíamos nuestra rutina en torno a la tele, entonces desayunábamos, comíamos y tomábamos once siguiendo las novedades del coronavirus, pero al final terminábamos medio angustiados, así que poníamos The Office en el Comedy Central porque The Office nunca puede angustiar a nadie. Así conversábamos y echábamos la talla con lo que ocurría en la serie. No me imagino pasando la cuarentena solo. Acá tenemos un Catan pero no podemos ocuparlo porque nos falta un jugador, me imagino que la soledad debe ser un estado constante donde siempre faltan compañeros para jugar Catan.

Me da miedo instalar Zoom, tiene mala prensa. Lo que sí he hecho es ocupar la videollamada de Whatsapp y harto. Para el Día de la Madre, por ejemplo, participé en tres de ellas. Una incluía a mi mamá y a mis hermanas, y mis sobrinos. Fue bien bonito, pese a que mi vieja me confesó días después que no entendió mucho lo que decíamos porque había varias personas participando de la conversación. ¡Cresta! “Por lo menos vale el gesto”, me dijo, y no le dimos más vuelta al asunto. Lo que también me contó fue que ella y sus hermanos habían hecho una videollamada con sus padres, mis abuelos, y ahí sí que nadie había entendido un carajo. Qué tiernos.

Algo que he aprendido sobre la conversación por streaming: otorga una sensación de comodidad que es súper vulnerable. El otro día formé parte de un taller de escritura con una reconocida escritora chilena. Acá debo confesar que ese día, por distintos motivos, me atrasé más de lo habitual, entonces participé de la charla, pero sin haberme bañado. En algún momento se podían apagar las cámaras, así que todo bien, me quedé tranquilo porque creí que mi humilde homenaje a Epidemia quedaría sólo entre los diez que permanecíamos conectados; sin embargo, horas después la institución encargada del taller compartió pantallazos de la transmisión en sus redes sociales, ahí salgo yo sin haberme bañado, también las otras personas, algunas de las cuales habían seguido el taller acostaditas en sus camas. Ahí el respeto a la privacidad se fue a las pailas, porque nunca nos preguntaron: ¿quieres que te compartamos acostadito y sin bañar con nuestros casi veinte mil seguidores? Ni cagando. Pienso en un episodio de Los Simpson, cuando se cae una muralla en la casa de Lenny y él aparece almorzando en calzoncillos, rodeado de un ambiente precario: “no digan cómo vivo, por favor”.

Por eso también prefiero hablar por teléfono, nadie te sapea ni se mete en tus cosas, no te van a preguntar: ¿oye, qué es eso que se ve por allá? o “muéstranos tu cocina para saber qué almorzaste hoy”.

Hace algunos días, una persona viajó desde Santiago hasta Molina para celebrar el Día de la Madre junto a su mamá, una señora de ochenta años. Hasta ahí todo bien, bonito incluso, de no ser porque el tipo era un paciente contagiado con coronavirus y estaba consciente de ello. De hecho, debía hacer cuarentena obligatoria y lo pillaron con un salvoconducto falso cuando lo bajaron del bus en el que regresaba a su ciudad. En ese caso, ¿no hubiese sido mejor llamar a su mamá para saludarla de lejitos nomás? A la celebración asistieron 18 personas que quedaron en una situación vulnerable al compartir con el contagiado, eso sin contar a su propia madre, una señora perteneciente al grupo de población en riesgo. ¿No hubiese sido mejor una videollamada o incluso un mensaje por chat? Quizás debería comentarle sobre mi prepago, que por cinco mil pesos puede hablar todo lo que quiera, literalmente hasta puede salvar una vida. Esta semana salvé una vida por cinco mil pesos, suena hasta práctico. Quizás él formaba parte del grupo de avanzada, porque también leí que el Gobierno evalúa enviar a pacientes contagiados desde Santiago a los hospitales de regiones como una forma de descongestionar el sistema de salud capitalino, porque una cosa que todos sabemos es que en los hospitales de regiones abundan las comodidades y los implementos médicos. Quieren acabar con la provincia, estoy seguro o quizás la paranoia colectiva me volvió paranoico.

1 comentario

  1. Albebrije says

    Bueno, yo he redescubierto el gusto por las llamadas en esta cuarentena, será porque me hace sentir más cerca de la gente que en simples mensajes. Escuchar la voz de mis seres queridos me recuerda como era reunirme con ellos y verlos, y a veces me descubro riendo a carcajadas en medio de una conversación. Las videollamadas tampoco me van mucho, sobre todo las de whatsapp, porque la imagen se congela y a veces pareciera que los mensajes llegan a destiempo. En fin, un abrazo desde México!

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s