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En medio del drama, uno se contagia [Relatos en cuarentena]

Los camiones suben ruidosos a la montaña; temprano, cerca de las seis de la mañana. En eso son puntuales, aunque no es inconveniente porque para ese momento el pueblo ya está en pie hace rato. Ascienden ordenados en fila, uno detrás del otro, vienen marchando desde la fábrica de Cementos Bío Bío, al otro lado de la carretera, y a pesar de su enorme peso, avanzan veloces sobre el camino. La gente espera a que terminen de transitar para salir a limpiar el desastre que han dejado, porque en los días de lluvia, los camiones arrastran grandes cantidades de barro que se acumulan en las entradas de las casas.

Quizás a modo de disculpa, posteriormente pasa otro camión, más pequeño, vaciando varios litros de agua sobre el camino, me imagino que la intención de la empresa es limpiar el barro y todo el sedimento que vienen arrastrando y que ha quedado adherido al pavimento. Quizás a modo de disculpa, la compañía se ofreció a pintar y a arreglar los paraderos a lo largo del camino que baja hasta la Panamericana. Por lo mismo, al lado del número que indica la altura en la que se encuentra, cada garita luce un sobrio cartel de “Cementos Bío Bío”. Los camiones (y sus conductores) no gozan de simpatía en el pueblo; son impertinentes, egoístas e irresponsables en su conducción, siendo capaces de arrasar con todo lo que se encuentra en la ruta con tal de llegar a tiempo a su destino. Poco sabe el camión y su conductor del temporero que se levanta temprano para ir a trabajar la fruta en su bicicleta, o de los padres que llevan a sus hijos a la escuela, también en el mismo medio de transporte. El camión pasa nomás, sin importar a quién pone en riesgo. Por lo mismo, uno con el tiempo se ha acostumbrado y si oye la proximidad de una de estas enormes bestias de carga, más le vale agarrarse bien de la bicicleta, porque acá no existe la ciclovía, ni siquiera se sabe de ella, en este contexto, el ciclista debe compartir el mezquino camino con el camión, que de compartir no sabe nada.

En parte, estos camiones son como las personas, por lo menos en sus peores versiones. Yo los veo a cada rato, sobre todo con motivo de la pandemia. Aparecen en los medios de comunicación pregonando sobre austeridad en estos tiempos complicados, pidiéndole a la gente que muestre un comportamiento responsable; que se cuide, pero que produzca, sobre todo que produzca. Son ambiciosos, arrastran con todo a su camino, y dejan una pesada capa de lodo tras de sí, igual que los camiones.

Uno de estos ejemplares hizo una ordinaria apología del periodo de dictadura que sufrió Chile, diciendo “el glorioso gobierno militar del general Pinochet”, en pleno matinal. Por supuesto nadie lo corrigió, nadie le dijo nada, porque estos camiones son así: imparables, y lo peor de todo es que están conscientes de su condición.

Yo lo vi en vivo, porque el otro día me propuse mirar algunas horas de un matinal, probablemente quería saber en qué estaban las personas encargadas de proteger al país frente al coronavirus, porque para saber de ellos hay que darse una vueltecita por los canales de televisión durante la mañana, ahí se los encuentra, no en la calle, y el resultado fue penoso, desalentador si se piensa que el futuro del país está en las manos de estos camiones. Pese a esto, seguí viendo el programa, también lo hice los días siguientes y la mañana en que dieron el lapidario saldo de 92 muertos. No sé por qué los seguía viendo, las personas tenemos fama de consumir todo lo que nos hace mal, tal vez fue por eso; quizás así se explica que los matinales sean los programas más vistos por el público. Nos encanta aquello que nos cae pésimo.

En medio del drama, uno se contagia. Por estos días elegí sufrir, ya casi no veo comedia ni series que me hagan reír, lo siento como algo lejano, fuera de esta época; en vez de eso, he comenzado varias series oscurísimas, con imágenes de muerte y asesinatos, puro drama y sufrimiento. Quizás asumimos que el golpe de la pandemia ha sido demasiado severo y en este paisaje adverso, lo que nos toca es sufrir. Es lo que nos tocó, como las personas que salen todas las mañanas a quitar el barro que dejan los camiones, conscientes de que al día siguiente deberán involucrarse en la misma e infructuosa labor.

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