Lifestyle, Moda
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Carolina Arias dueña de Bazar la Pasión, una empresaria al rescate de los oficios

En 2006 la periodista chilena, Carolina Arias decidió abrir la tienda “Bazar la Pasión” en Valparaíso. Ha pasado más de una década de este hito y los objetivos se han transformado, la tienda ha crecido, las alianzas se han diversificado.

Carolina ha convertido su emprendimiento en una plataforma, un “centro de operaciones” (como ella lo nombra) para otros creadores que siguen una línea similar a la suya destacando la reutilización, el reciclaje y la conciencia por mantener los antiguos oficios vivos.

Fuimos a visitarla al puerto para conversar sobre su gran apuesta descentralizadora y creativa que inicia en la moda pero que se ha transformado en una misión por rescatar la historia de una sociedad que se ha olvidado de su origen.

Bazar la Pasión, Valparaíso.

-Muchas de las diseñadoras que han apostado por una tienda física después de un año cierran en cambio ustedes ya llevan más de 10 años con su negocio. Es interesante la fuerza que ponen en esto.

Lo que tu dices es correcto porque generalmente las tiendas se dan seis meses a más reventar un año a ver si resulta. En general, le pasa al diseñador, que -a no ser que tu producto sea el mejor de todos- cree que con abrir una tienda es suficiente. Cree que sus productos se van a vender solos. Pero eso es uno en 100. Entonces, hay un modelo de negocio, hay que ver como uno comunica la marca, el producto, la tienda. Son varias las aristas. Y emprender en región no es lo mismo que tener una tienda en Santiago. Si yo hago una marisquería u hotelería en Valparaíso es muy probable que me vaya bien. Pero no así una tienda de ropa, acá para la gente no es prioridad vestirse sino que comer. Tener visibilidad acá es complejo. Esta es una ciudad políticamente construida muy diferente a Viña del Mar por ejemplo. Por otra parte, educar al público sobre el consumo consciente se ha convertido en un desafío. Yo creo que ese es el tema más complejo. Hay que pensar que uno de los mayores contaminadores es la industria de la moda con el “fast fashion”, las cadenas de ropa chilenas y extrajeras. En cambio nosotros hablamos de slow fashion, pensamos en la sustentabilidad de los productos. Además, estas son piezas heredables y atemporales con el valor agregado de la materia prima. Cuando compras fast fashion solo contribuyes a la contaminación y el desecho porque no vas a atesorar una prenda que te costó 2.990 pesos en el retail, porque no tiene buenas terminaciones, la tela no es de buena calidad y va a estropearse rápido. Son millones las toneladas de desecho textil a nivel mundial. Cada vez son más los diseñadores que tienen la propuesta slow.

Bazar la Pasión, Valparaíso.

-Cuando comenzaste con tu proyecto Bazar la Pasión, ya estabas desarrollando el slow fashion, antes que el concepto incluso se creara. En tu inicio, ¿cuáles eran los comentarios de los clientes respecto del estilo de tus productos y cómo ha ido cambiando con los años?

Mi política es la misma que en un principio. Tal vez yo no pensé en 2006 que hoy en 2018 iba a estar hablando contigo. No es nuestro motor tampoco que nuestros productos se vendan caros. Yo busco realizar comercio justo. Por ejemplo, cuando hago el trato con las señoras que me cosen la ropa es de acuerdo al precio que ellas cree que es lo correcto, cómo yo les voy a decir lo que cuesta si son ellas las que saben si es un diseño muy complejo o no para producir. Esto, más la materia prima, hacen la ecuación para el precio final y no el precio descabellado que se me pueda ocurrir. Que eso si se hace y me parece medio perverso.

-Se hace y vemos que algunas personas le dan incluso más valor al precio que a la tela, el diseño y/o el oficio de esta.

Si, pero es que ahí empezamos a hablar de lo aspiracional. El chileno es sumamente aspiracional, aunque es feo decirlo. Hay tanta gente a la que le gusta andar con la marca bien a la vista, cuando es mucho más noble, sencillo y elegante que la etiqueta y la marca estés escondidas. Lo importante es que te veas cómodo, estilizado.

Bazar la Pasión, Valparaíso.

-Sobre esto mismo, ¿cómo fue recibido para el primer público que tuviste y cómo ha ido evolucionando respecto de tu trabajo?

Lo primero que me decían cuando entraban a la tienda era si vendíamos ropa usada. Yo les explicaba que no y que tampoco son telas recicladas. Lo que nosotros hacemos es que como trabajamos con diseño textil y anterior a eso restauramos muebles. Antiguamente, la dueña de casa era la que hacía la ropa para la familia. Nos hemos encontrado en estas casas con los costureros de la madre de familia y sus telas. Que en muchos casos están cerradas, antiguas pero sin uso. Hemos encontrado rollos de de lino, de algodón, de percala -una tela con la que antes se hacían los piyamas a rayas o camisas-. Entonces las personas entraban a la tienda veían los productos con estas telas y asumían que estaban mirando ropa usada, pero simplemente era un producto nuevo hecho con una tela antigua. Esto no significa que no valore la ropa usada, al contrario creo que es la primera instancia para vivir sustentable. Tengo ropa usada muy linda, de seda, algodón, lana. Si alguien no tiene acceso a comprar en una tienda nueva cara, más que ir a una tienda de retail y comprar una polera de 2.990, en la ropa usada puedes por ese mismo precio comprar una blusa de seda. Y si te molesta el karma que pueda tener de los dueños anteriores siempre estará el machitún, el agua bendita, el incienso o en lo que uno crea. Al principio, las gente encontraba medio extrañas las telas y los diseños porque los nuestros también son clásicos, entonces, lo asemejaban a diseños de ropa usada. Ahí hemos hecho un proceso de educación, y nosotros hemos aprendido a comunicarlo bien.

-Ustedes además tienen diseñadores con los que trabajan, ¿cómo ha sido el proceso de incorporarlos?

Finalmente, la marca Bazar la Pasión alberga también otros diseñadores nacionales que tienen una línea coherente con la nuestra y los diseños propios del Bazar tienen mi nombre Carolina Arias. Tenemos diseñadores que, en muchos casos, están desde el inicio de este proyecto como la Fran Torres de Santiago, Casa Kiro, Vera Sielfeld, entre otros. Todo se complementa con los accesorios antiguos y también muebles.

Bazar la Pasión, Valparaíso.

-¿Qué opinas de la idea de unir creadores de Santiago con Valparaíso? ¿Cómo lo haces?

No solamente con Santiago, hay que descentralizar todo. Por ejemplo, trabajamos con Fernanda Arrollo de la marca Trebol y ella es de Iquique, también con Lemo de Puerto Montt quienes hacen carteras, otra es Juana Sacra de Puerto Montt. Los diseñadores ya estamos bastante alineados. Lo complejo es llegar al público. También están las plataformas e-commerce. Es fantástico vender online. Lo complejo es educar al público y a los medios de comunicación. No debe ser tan fácil recorrer el país buscando diseños para hacer una producción fotográfica de moda para que salgan en las revistas de papel couché.

-Además, ahora estás haciendo decoración. ¿Cómo te diste esta vuelta desde el periodismo hasta el diseño y la decoración?

Me encanta ser periodista, escribí hartos años para revistas. Me encantaría hacer clases relacionadas a lo textil. Pero por ejemplo, sí investigo antes de hacer una línea. Hace un tiempo hicimos una edición limitada, encontré un telón de un teatro muy antiguo entonces comencé a averiguar de dónde era el material, a qué teatro pertenecía, qué había pasado con él, etc. Terminé consiguiendo los planos, hasta tengo butacas guardadas en una bodega. Luego comencé a investigar cómo se vestía la gente en la mejor época del teatro y de ahí salió una línea de 10 abrigos seriados donde contábamos la historia de Teatro Real de Valparaíso donde actualmente hay una cadena de supermercados. Afortunadamente tenemos clientas bien fieles que compraron los abrigos en verde, ellas escogieron el que querían del 1 al 10. Yo les enviaba el boleto original con la numeración. Fue un bello trabajo porque confiaron en nosotros.

-En tu trabajo de decoración y ambientación, ¿sigues la misma línea que en el diseño de vestuario?

No necesariamente, es más bien intuitivo, converso con cada cliente, lo investigo y me doy cuenta cuál es su estilo que, en muchos casos, ellos mismos no lo tienen claro. Es algo así como reportear la psicología del personaje, he revisado roperos y carteras para poder llegar a lo que podría ser interesante para ellos. Y en base a eso comienzo con un pantone a ver colores, luego imagino los muebles y finalmente los busco. He decorado casas, departamentos, baños, cocinas, una habitación de una guagüita y ahora estoy terminando un hotel. Todo tiene que ver con el diseño, con rescatar.

-¿De dónde viene este interés por lo antiguo, por recuperar lo tradicional?

Porque tiene que ver con lo sustentable, con el reciclaje. No hay que hacer más muebles, ya todo está hecho. Uso muchos muebles de hospital, veladores, vitrinas, etc. Hay mucho para reutilizar. Cuando trabajo con cuero no compro un pedazo, compro la pieza completa y hasta el último centímetro lo transformo en un botón. Es la necesidad de usar todo, hasta el último retazo. Siento que esto es un deber social, si está en mis manos recuperar oficios como la tapicería, la costura, entre otros, es un deber social hacer que eso no se muera. Hay que ver cómo esto se traspasa. Me ofrecieron ser parte del directorio de una fundación de oficios, hay mucho que enseñar.

-Sacaron una fragancia, ¿cómo estuvo eso?

Me encantan las aguas de colonia, no tanto los perfumes. Siempre quise tener mi olor, diseñar mi olor, pero que fuera como el agua de colonia que uno se pone después de la ducha. Empecé a ver cuáles eran los aromas que me evocan como la madera, el cedrón. Le decía a Pilar Silva que tiene la marca Numun que se dedica a hacer perfumes nativos, los olores que eran significantes en mi vida, ella interpretó e hicimos varias pruebas hasta que encontramos el que más se acercaba, hicimos 100 botellas de 30 ml, lo vendemos a 15 mil pesos que es casi lo que nos costó. Queríamos que se llevaran un pedazo de nuestra historia. Es darse un gusto de hacer algo rico.

-¿Qué te gustaría experimentar ahora?

Me encanta la restauración, la opción que he tenido hasta el minuto es endeudarme, comprar propiedades y restaurarlas. Siempre digo “Nunca más lo hago” pero no puedo evitar imaginar las cosas o las casas como eran originalmente. El otro día íbamos bajando por la calle Carampangue con mi marido y yo pensaba en las tremendas ganas que me daban de arreglar todas las casas, que funcionen, que no se caigan. Me molesta tanto ver el deterioro. Si las cosas se hacen bien no es tan caro hacerlo. Lo que pasa es que el chileno suple siempre, se tapan las cosas, no se hacen bien a la primera y después tienen que gastar más. Por ejemplo, la gente pinta la fachada de la casa encima de cómo está, cuando hay que raspar, entonces después se dan cuenta que se les descascara, no les duró nada la inversión. Estoy aburrida de caminar por un lugar que está desmoronándose, me agota profundamente caminar por una calle de adoquines que se supone que le costó carísimo a la municipalidad, se entrega la calle, el alcalde corta la cinta y dos meses después están todos los adoquines sueltos porque no se hizo bien la pega. Valparaíso es ciudad patrimonio y no se hacen las cosas bien. Qué cuesta proteger los edificios, por qué se les da patente a los locales comerciales sin que tengan la obligación de cambiar todo el sistema eléctrico, por qué un tipo aprueba algo y de un día para otro se queman cinco edificios y se queda un montón de gente cesante. Hay harta triquiñuela.

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por

Directora Sour Magazine. Periodista amante de la cultura y las artes. Durante más de 8 años trabajó como editora periodística en el área de Estilo de Vida de Betazeta, con gran alcance internacional. Cree firmemente en que la democratización y desarrollo del arte nos garantiza una transformación social. En Instagram: @Dleigthon. En Twitter: @Dleigthon

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