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Yoga y música [Relatos en cuarentena]

Tengo un nuevo amigo, un amigo de cuarentena. No es como los otros que he hecho en el último tiempo, no tengo que buscarlo en redes sociales ni enviarle una invitación para charlar por streaming. Existe en carne y hueso. Me viene a ver, de hecho, todos los lunes en el pequeño camión en el que reparte las verduras. Al principio la relación era formal, protocolar; nosotros hacíamos una lista de encargo y él la venía a dejar al día siguiente. Hola, chao, ahí va la boleta. A medida que las semanas de cuarentena se extendieron, su permanencia frente a la casa, también. Venía y dejaba las frutas y verduras, pero también se quedaba conversando, así nos enterábamos de las novedades del pueblo, pero también de las de la ciudad más cercana, porque él se levanta de madrugada todos los días para ir a buscar sus productos frescos, ahí se da cuenta de cómo está la cosa.

El lunes lo noté preocupado, mucho más de lo normal. El virus ya está acá, me dijo, ya llegó, y me contó que en la ciudad empezaron a organizar ollas comunes porque la gente no tiene acceso a alimentos. Algo que parecía tan lejano, tan distante, ya es una realidad al interior de la provincia. También supe que los helicópteros que vimos pasar por encima nuestro hace algunos días trasladaban pacientes críticos desde Santiago hasta Talca. El alcalde no los quería recibir porque ya tenían gente que se les moría afuera del hospital, así me contó mi amigo. Él sonaba inquieto, pesimista incluso, creía que terminaría contagiándose, y no es exagerado si se piensa que debe salir todos los días a la ciudad donde se siente expuesto y vulnerable porque hay muchas otras personas que también tienen que salir, no les queda de otra, de lo contrario no comen. Yo creo en lo que dice, tiene el rostro sincero, pese a que la cuica hippie del video de Instagram dijo bien clarito que todo esto era mentira, que las personas se contagiaban por juntarse con otras más tóxicas y que bien podrían haber evitado el virus (que según ella tampoco existe) con yoga y música. Yoga y música, así le explico al caballero de las verduras como para tranquilizarlo, pero él parece no convencerse.

Podría decirse que el coronavirus comenzó en el Maule, con el caso del médico de San Javier que se convirtió en el primer contagiado en el territorio nacional. Pese a eso, la pandemia siempre se vio como algo distante, de hecho, y lo comenté en un relato anterior, hasta hace poco los vecinos llevaban a cabo un animado taller de cueca los domingos en la tarde. Ahora la sensación es distinta, de temor e incertidumbre, también de abandono, pero éste es un sentimiento con el que el provinciano ha tenido que aprender a convivir. Ya no hay taller de cueca, ni nada por el estilo. Ahora el que puede se guarda. No hay confianza en el gobierno, tampoco en las autoridades de la zona, de hecho, por estos días el intendente del Maule suena como candidato a la presidencia de la Asociación Nacional de Fútbol, súper preocupado debe estar de la pandemia entonces. El llamado es a fomentar el autocuidado, sino, cagamos, así dicen por acá. Nadie quiere ser un paciente crítico viajando en helicóptero, muchos menos al Hospital de Talca.

La gente que puede se está quedando en la casa, quizás es por temor a la pandemia, quizás es porque tienen frío. Nosotros nos hemos acercado más a nuestros vecinos, son los únicos que tenemos. Es curioso, cuando vivíamos en el sector urbano del pueblo teníamos a unos vecinos pegados, con los cuales nunca hablábamos, apenas lo hicimos una vez cuando un camión pasó a llevar los cables de la luz frente a nuestras casas. Acá en cambio, en esta localidad que ni siquiera califica como pueblo, hemos mantenido una relación mucho más estrecha con las personas que viven al lado. Casi la embarramos sí, el otro día: estábamos jugando en línea con una pareja de amigos de la Quinta Región, cuando escuchamos un grito que venía de al lado, yo salí a ver qué pasaba, me di unas vueltas mirando a la casa, pero no vi nada que me llamara la atención. No supe más del tema hasta el día siguiente cuando nuestra vecina nos contó que una persona había intentado meterse a su casa, ella había alcanzado a forcejear incluso, evitando que lograra ingresar (estaba sola con su pequeña hija), luego intervino el perro de la casa y se convirtió en el héroe de la historia, todo mientras nosotros estábamos acostaditos jugando en el computador.

Le contamos esto mismo al otro día y le pedimos disculpas por nuestra falta de reacción, ella lo entendió y no le dio color, a nosotros por lo menos nos sirve como aprendizaje; prestar más atención a lo que ocurre al lado, sobre todo en plena pandemia. Lo mínimo que podemos hacer ahora es invitarla a jugar, porque es cuático que en ese momento estábamos más cerca de nuestros amigos remotos que de lo que ocurría al lado nuestro. Además está la sensación de que algo va a pasar; el diucón sigue viniendo todas las mañanas a tratar de entrar a la casa y los perros están aullando harto, acá consideran eso, el comportamiento extraño de los animales, como una mala señal. Quizás pase algo, ojalá que no, y si llega a pasar ¿qué haremos?; ¿yoga y música?

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